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lunes, 8 de octubre de 2012

Científicos del Palo: la histeria argentina

Mientras que la mayoría de las bandas toman la precaución de no opinar sobre política, ellos deciden involucrarse a fondo. La génesis de un grupo que planea hacer historia con un disco que repasa los 202 años de aventuras y desventuras de la Argentina.

Por Francisco Andrés Anselmi

Son treintañeros pero insisten en volver a ser adolescentes. Mientras preparan la cena, Carlos “Popete” Andere y Sebastián Quintanilla –bajista y baterista, respectivamente- se toman un descanso y recrean una coreografía salida directamente de Los tres chiflados. “¿Pero cómo que no te sale, boludo?”, reclama Andere, muy habilidoso con las manos, para después enseñar pacientemente a un Quintanilla con dificultades pero que, finalmente, comprende la clase.
Del otro lado de la puerta, en el living, José Pablo “Pepo” San Martín –voz y guitarra- está sentado en un sillón frente a la televisión. Descansa después de un viernes atípico en el que viajó desde Mar del Plata hasta la casa del nuevo baterista en Barracas, y en el que, además, ensayó toda la tarde. Todavía le esperan dos shows este fin de semana y algunas reuniones cruciales para definir los últimos detalles del cuarto disco de su banda, Científicos del Palo. Éste será el primero en contar las idas y vueltas de un país que supo ser potencia mundial, se emergió en las tinieblas y que, hoy en día, se encuentra aún herido pero en plena recuperación. El nombre que eligieron para graficar los 202 años de aventuras y desventuras de nuestro país: “La histeria argentina”.

                                                                     ***

Hijo de militantes peronistas, Pepo San Martín tuvo una infancia empapada por la política. En 1977, tres meses después de su nacimiento, su familia se exilió en España por temor a la dictadura liderada por Jorge Rafael Videla. Un año antes, fuerzas conjuntas del Ejército Argentino y la Policía provincial de Santa Fe, rodearon la casa de su tío José Pablo Ventura -fundador de la Juventud Universitaria Peronista y miembro activo de la organización guerrillera Montoneros- y lo acribillaron junto a dos compañeras.
En el viejo continente también conoció la indigencia. Los argentinos se la rebuscaban como podían: su mamá limpiaba casas y su papá vendía muñecos de papel maché. Con el nacimiento de su hermano, José Francisco, y para los tiempos en que Ricardo Alfonsín encabezó el regreso a la democracia, la familia San Martín, junto a otros miles de exiliados, volvieron a la costa argentina para retomar una vida sin peligros.
Durante su adolescencia estuvo siempre a contramano del mundo. Para finales de los 80, mientras muchos estudiantes escuchaban Roxette, en su casa había un equipo que reproducía a un volumen exorbitante discos de Led Zeppelin, Yes y Black Sabbath.  Para cuando tenía 15 años ya tocaba descaradamente bien la guitarra. Y en su entorno se lo hacían notar. “Sufrí mucho de egomaníaco”, dice a los 35, sentado en una mesa junto a sus compañeros de grupo. Soñaba con tener una banda, que la gente cantara sus canciones y lo admirase por su estilo parecido al de Jimi Hendrix. Hasta que alguien pateó su cielo. 

Conoció a Divididos a fines del 94, en pleno auge de la Aplanadora del Rock. “Era un enfermo mental. Desde los 15 hasta los 25 no escuchaba otra cosa, salvo ellos y los Red Hot Chili Peppers”, cuenta.  Después de un show que el grupo dio en una disco local, fue a buscarlos al hotel donde se hospedaban. Allí conoció a Ricardo Mollo.

“Le saqué el ukelele y me puse a tocar una canción de Yes. Él me dijo: sos muy chico para tocar eso, y se fue cagándose de la risa”.

En el 98’, Pepo fundó su banda, los Científicos del Palo. Catorce años después, admite que ese nombre se lo robó a los Divididos. “No me acuerdo bien dónde vi escrita esa frase, creo que en las camionetas que se trasladaban, pero estoy seguro que era una parte de una letra inédita de Salir a asustar, de LA ERA DE LA BOLUDEZ, que nunca usaron”. 

En el 2000, ya con 23 años, Pepo tenía otras ocupaciones y no fue a verlos cuando tocaron en Mar del Plata. Arrepentido, al día siguiente, salió a caminar rumbo al centro con intenciones de encontrarlo. Y lo encontró. Desde una cafetería Mollo y Arnedo le golpearon la ventana. Café va y café viene, Pepo les entregó un demo de la banda. Mollo, sorprendido con el sonido y el nombre del grupo, lo invitó a tocar como guitarrista invitado a la gira presentación del disco VIVO ACÁ

Recién en 2004 la banda se profesionalizó y lanzó su primer disco, a modo de una cortés carta de presentación: ANTE TODO, BUENAS TARDES. Tres años después llegó INDIGENCIA Y DISTANCIA, con el cual empezaron a vislumbrar el verdadero rumbo, tanto musical como lirico. Y entonces para 2010, editaron GORILOPHRENIA. Con una clara línea ideológica, en esta placa amalgaman distintos estilos de rock foráneo con música tradicional como el folclore, en formato de trío, y con letras en las que no dan lugar para la poesía. Con un lenguaje más directo intentan evidenciar quiénes son, desde su aguda óptica de la realidad, los verdaderos enemigos del pueblo: la oligarquía, los militares, la iglesia y la sociedad consumista, entre otros. 

Al hablar de su próxima jugada es cuando a Pepo San Martín se le iluminan los ojos, deja los chistes irónicos y se muestra orgulloso.

                                                                ***

Carlos Andere es hipoacúsico y toca el bajo desde los 15 años. A esa edad, su tiempo se dividía entre las materias aburridas del último año que cursaría en un colegio de curas y el tiempo que pasaba en el aula de música con un bajo Faim blanco en pésimo estado. Se ríe al recordar que, debido a su deficiencia auditiva, cuando escuchaba con auriculares pensaba que Serú Girán era sólo una flauta y una guitarra. “Claro, una vez fui a la casa de un amigo y puse el casette en un equipo de música y me pegué un julepe increíble: no tenía ni idea que tenían baterías, bajos”, dice Carlos.
Entró al grupo en 2004, pocos meses después de que editaran el primer disco. Pero ésas también fueron épocas de decisiones. Carlos tocaba con Locales, una banda marplatense aún en vigencia y con el tiempo se encariñó con las canciones que componía San Martín, así que dejó el grupo para dedicarse de lleno a Científicos del Palo.
—¿Cuál crees que es tu aporte al grupo?
—En el momento que me subo a tocar me olvido de cualquier problema. Los miro a ellos, y digo “se acabó la joda. Me muero acá”. Cada show es el último: tengo que romperla en todos.

***
El 27 de octubre de 2010, Pepo San Martín lloró como un chico. Lloró algo así como cuatro días, más que en el funeral de sus abuelos. Al principio no podía creer que la televisión estuviera transmitiendo esa noticia. El hombre que lo salvó de la indigencia en 2003 había muerto. Néstor Kirchner había partido esa madrugada, producto de un paro cardiorespiratorio, que lo venía advirtiendo hacía algunos meses atrás. Pero también le trajo esperanza. 

“El día del Ballotage (18 de mayo de 2003) no sabía si iba a comer”, cuenta. La noche anterior a la votación, Pepo se presentaba en un bar con una banda que hacía covers, pero todo dependía de que Menem se presentara o no. Finalmente, el ex presidente se bajó el 14 de mayo, Pepo pudo presentarse y comer ese fin de semana, y la semana siguiente asumió Néstor Kirchner, aquel estadista del sur, desconocido hasta ese momento por la mayoría de los argentinos. 

-Antes del 2003 el país estaba en ruinas- sentencia. Estaba todo muy áspero, para mi familia, mis amigos y para mí. Estaba rodeado de hambre. Y a partir de la elección, las cosas se empezaron a acomodar bastante rápido. Con una serie de gestos y símbolos, el pueblo empezó a comprender que se podían cambiar las cosas mediante la política. No corría más el ‘que se vayan todos’. 
-¿A tus 20 años, estabas tan despierto como los adolescentes de ahora?
-De ninguna manera: era un subnormal. Tenía una actitud más de rocker, de estar en contra de todo, del sistema. Pensaba mucho eso de ‘los políticos son todos una mierda’. Una postura que hoy me avergüenza. Creo que los pibes de hoy están mucho más conscientes e interesados por la política y la militancia, cosa que hace veinte años era imposible. Todo esto lo produjo el chabón (Néstor), y creo que con su muerte se amplificó y masificó. El día de su funeral me di cuenta que las cosas no estaban tan complicadas. Me emocioné porque, al ver la gente pasar por el funeral en la Casa Rosada, me di cuenta de que existían muchas más personas que pensaban como yo.

***
Sebastián Quintanilla fue el último en cerrar la puerta. Entró en marzo, y trajo consigo el aire de renovación que necesitaban para salir adelante. “Como vengo de otro estilo, capaz que les doy otros matices que antes no se les ocurría o no tenían en cuenta”, dice el baterista, discípulo de Roberto Cesari, conocido por su trabajo tras los parches con María Elena Walsh, entre otros.
Para entrar a la banda, Sebastián también tuvo que tomar una decisión importante. Hasta este año integraba las filas de Ultraliviano, pero cuando se lo propusieron, no dudó por mucho tiempo. “Le mandé un mensaje a mi novía, que es fanática, y me contestó: ¡Me hacés muy feliz!”, dice y ríe. 
Ahora, se reparte las horas entre sus alumnos, el trabajo como integrante de la banda del modisto Roberto Piazza-tiene un show llamado Sexo, los viernes en el Teatro Moliere- y los Científicos del Palo. “Nunca me sentí tan cómodo. Somos tres personas que damos todo por este proyecto. Ya no tenemos otros laburos para bancarnos el placer: ahora, nuestra vida pasa por la música”. 

***

Por fin, los tres juntos, sentados en una mesa, y despojados de toda diversión, hablan acerca del plan que los tiene desvelados por estos días. 
—¿Qué pretenden con LA HISTERIA ARGENTINA?
Pepo: —El disco está orientado para que un imbécil como yo pueda tener un panorama de nuestra historia y pueda relacionar cuándo y por qué sucedieron las cosas que hicieron los actores de nuestros 202 años de historia.
—En marzo grabaron cuatro canciones, ¿cuántas van a componer el disco final?
Popete: —Por ahora son unas 16, que van desde la independencia hasta el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner. 
—También están buscando un historiador que revise y avale los textos...
Pepo: —Sí, en estos días estuvimos molestando a Felipe Pigna, pero está muy ocupado con la presentación de su último libro. Queremos que un historiador, sea famoso o no, pueda constatar de que lo que estamos contando es real, y que no soy un tipo cualquiera que habla desde el desconocimiento. Que corrobore que esto tiene una pizca mínima de rigor histórico. Por lo musical, nos ocupamos nosotros. 

***

Un día después, en el oeste, a las tres de la mañana en un bar de Ramos Mejía, Científicos del Palo está tocando frente a su público en lo que es el último show del fin de semana. “¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta!”: un canto suficiente para que 400 kilómetros no los siente tan lejos de casa. El grupo empieza a escupir sus diatribas: “(... )La gente ya no quiere piquetes ni ver pobres, quieren llegar a horario, a que los exploten. ¿Cuánto puede robarte un pibe empastillado? Más le han robado los gorilas al Estado. Violencia es mentir, violencia es no repartir. ¿Dónde nace el peligro? ¿Fuerte Apache o San Isidro?”.  Cuando termina la canción, los asistentes siguen insultando y la banda sonríe con un gesto de complicidad. Pepo San Martín mira, como siempre, hacia adelante, toma un sorbo de su cerveza, esboza una sonrisa y sabe que está viviendo su sueño, el de los 15 años: toca como Hendrix y el público canta sus canciones.

*Publicada en Revista Mavirock N°23
Foto: Ariel Bacca

lunes, 24 de septiembre de 2012

La Chancha: "Si todos los poderosos vivieran con lo básico, como Mújica, el mundo cambiaría"


Desde Uruguay, la histórica banda La Chancha llega a Buenos Aires para presentar su formato playero por primera vez en el país.

“Que 20 años no es nada”, entona Carlos Gardel en el tango Volver. Entonces, ¿qué significará más de 25 para los uruguayos de La Chancha? “Hasta ahora no nos aburre ni nos complica la existencia”, lanza Juan Bervejillo, guitarrista y voz, desde su teclado al otro lado del río, en Montevideo. La banda se presenta el viernes 28 en Cátulo Rock –Av. Scalabrini Ortiz 1685- en su formatoLa Chancha Playera, junto a los locales Tierra de Fuego y SensaFilo. “Este show dará más un clima de ceremonia acústica donde todo está para distenderse, como en un cumpleaños”, cuenta Bervejillo.
-La eterna discusión: El rock uruguayo está en pleno ascenso, ¿a qué factores le atribuyen esto?
-El rock uruguayo no está en su mejor momento, pero sí se puede decir con propiedad que muchos músicos y bandas uruguayos, dentro del estilo popular, tienen un auge interesante en el resto de América. A nosotros no se nos escapa que pateás una baldosa y sale un tipo tocando la viola. Hay de todo y muy bueno: sólo es cuestión de gustos.
-Hace ya bastantes años que pasan por Argentina, ¿qué es lo que les gusta de este país?
-Para nosotros es una aventura, una oportunidad de cambiar de ambiente y mostrarnos en un medio mucho mayor que el nuestro. El país es enorme y sólo conocemos Buenos Aires. Como ciudad es hermosa aunque la inmensa cantidad de gente y la aceleración que tiene nos estresa un poco. También da por la curiosidad, es muy interesante como cambian los pueblos dependiendo de la región.
-¿Y en cuanto a un nivel gubernamental? ¿Están al tanto de las medidas del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner? ¿Coinciden o disienten?
-No conozco mucho por lo que no estoy en condiciones de opinar. Por acá se la critica por ciertas medidas proteccionistas que afectaron mucho el tema del comercio y dejaron mucha gente de a pie. Creo que es una persona con huevos, valga la paradoja, que no hace la plancha y les hace frente los grupos de poder como el agro o los medios. ¿Populismo o justicia? Yo que sé. La política es tan compleja, hay favores y revanchas, presiones e intereses.

-En el último tiempo se estuvo hablando acerca de la precaria, y humilde, situación del presidente uruguayo José Mujíca. ¿Creen en eso?
-Mujica no es un personaje: siempre fue así y convertirse en presidente no le cambió los hábitos; apenas tuvo la delicadeza de comprarse un traje porque no tenía. Es una especie de prócer, un caudillo y un tipo con una profundidad casi filosófica, más que política, y eso que somos escépticos políticos. Un tipo atropellado e impulsivo pero con una calidad humana que es inédita en la raza a la que pertenece. Si todos los poderosos del mundo copiaran el ejemplo suyo de vivir con lo básico y donar lo superfluo, el mundo cambiaría.
-¿Cómo ven a Uruguay en relación a la comunión Latinoamericana?
-Hace 40 años nuestros "gobiernos" coordinaban para la represión y hoy para la integración. Uruguay tiene, como todos, cosas a ganar y cosas a perder. Hay una confianza en la buena fé de los vecinos, de que de una vez por todas tenemos que hacernos fuertes, hay material y voluntad. La burrocracia y la diplomacia son los obstáculos.
-Formaron la banda un año después del último gobierno cívico militar de Uruguay. Pero hoy, existe una paz relativa en todo latinoamérica. ¿De qué intentan hablar ahora, entonces?
-Hay muchas cosas en la vida además de la política. Vivimos amenazados por poderes corruptos y malévolos, entre ellos las multinacionales financieras, las corporaciones de los medicamentos, de las patentes, del petròleo, de los medios de comunicación, de los
alimentos, de las armas, de las drogas. La gente común vive bombardeada por estupidez y consumo, se fomenta la masificación como forma de conservar al dominio, no es poco como tema de conversación. Aparte están nuestras ganas de divertirnos y nuestros sentimientos, que no son poca cosa.

*Publicada en Revista El Bondi

lunes, 20 de agosto de 2012

Baltasar Comotto: De regreso a las raíces


Comotto bebe un sorbo de su cerveza y hunde la cabeza entre sus piernas mientras observa detenidamente la nada. El está en silencio, pero parece estar elaborando mentalmente la próxima respuesta. “Lo único que les pido es que para la foto no salga la lata”, lo interrumpe María, la encargada de prensa. Ella y un amigo, firmes en la decisión no abandonar la habitación, están a un costado escuchando atentamente la charla. “Es por el sponsor”, aclara, y sólo se ve complacida cuando la lata se posa en el suelo. El fotógrafo hace una broma para distender el clima y comienza con su tarea. Baltasar Comotto, uno de los dos pilares guitarrísticos que el Indio Solari adoptó en 2004 para su nueva banda “Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”, da inicio a una sesión de remembranzas de su adolescencia porteña, sus carrera como músico profesional y una última parada sobre el presente: Blindado, su segundo disco solista.

Faltan veinte minutos para las nueve, la hora estipulada para la presentación oficial del disco en La Trastienda Club, donde más de trescientas personas esperan sentadas la salida de la banda. Nosotros estamos en las catacumbas aguardando a los músicos. Podría sonar tétrico, y hasta sacado de Los Cuentos de la Cripta, pero no; todo lo contrario. Al entrar, un pasillo comunica con las bambalinas tras escenario y una escalera iluminada lo hace hacia los camarines de los músicos.  Se escucha una conversación en voz alta en la habitación al final del pasillo, como si alguien estuviera contando una grandilocuente anécdota. Baltasar está  descansando ahí luego de la extensa prueba de sonido de hora y media junto a Patán Vidal, Gaspar Benegas – tecladista y guitarrista, respectivamente, invitados honoríficos de esta noche- y sus familiares.
“Yo no escuchaba Los Redondos”, confiesa  y parte en dos el aire. Lo que podría sonar raro para cualquier persona que viva en territorio argentino se pone aún más tenso e inédito cuando se trata del yanotan nuevo guitarrista del Indio Solari, el encargado de reemplazar junto a Gaspar Benegas al mismísimo Skay Beilinson. Veinte años atrás, una de las bandas que más le llamó la atención a un joven Comotto fue Living Colour, y lo menciona sin miedo a las represalias. “Los tipos fueron pioneros, también con Faith No More o Mr. Bungle, en eso de mezclar estilos como el funk y el rock que de cualquier otra manera hubieran sido impensables. Ellos me abrieron la cabeza en ese sentido: a mí me importa que la música suene bien, ya no me encasillo en géneros”, dice.
El flamante disco de Comotto suena a noventas: poderoso, oscuro, fresco y vigente.  En cambio, Rojo (2007), su debut solista, recluye a Prince, Miles Davis en un funk más ligado a lo íntimo, corporal, soft podría decirse. Blindado deja entrever las influencias originales de Baltasar, las alejadas del jazz y el blues, las que lo formaron durante su adolescencia y post. “Este disco es mucho más crudo, más dirty, de alguna forma. Llama la atención de la gente porque el primero era totalmente lo opuesto”, analiza Baltasar y agrega complacido que “yo quería que mis shows fueran más intensos y mucho más ásperos; más crudo, contundentes .Creo que con estas canciones lo puedo lograr”.

Baltasar tiene 38 años, y, al igual que Peter Pan, padece de juventud eterna. Nació en el barrio porteño de Palermo el mismo año que murió Juan Domingo Perón pero rápidamente se fue a vivir a España –no a Puerta de Hierro-. Regresó con la democracia en el 83’, fue un trotabarrios, dice él: vivió en  Barrancas de Belgrano con sus hermanos y su madre –misma región donde hoy se alojan Juanse Paranoíco y Luis Alberto Spinetta, entre otros integrantes de la sociedad rockera- y volvió a Palermo, donde reside actualmente.  Su impresionante metro noventa está vestido con una camisa cuadrillé, no de las leñadoras de Eddie Vedder, sino una blanco y negro más freak, y su timidez no logra abandonarlo un instante; todo un adolescente.
Jura que no recuerda cuándo fue la primera vez que tocó en vivo pero piensa que fue en el viejo Imaginario Cultural de Palermo viejo en el 95’ con Mutrones, uno de sus primeros tríos con el que compartía escena con su hermano Agustín y Theo Lafleur, baterista y bajista, respectivamente, ante algunos pocos familiares y amigos. “Tocábamos todo lo que escuchábamos en ésa época; desde Nirvana, pasando por los Red Hot Chili Peppers y, también, algunas canciones nuestras”, recuerda Comotto. Hoy Agustín es dibujante de comics para niños y vive en Europa; Theo es también hombre de pincel y fotógrafo; fue el ideólogo junto a Baltasar del arte y la ambientación de la nueva placa. 
A principios del 2000 se presentó por primera vez de manera profesional junto a Patán Vidal en el Festival Internacional de Jazz “Los Siete Lagos” en San Martín de los Andes y en Bariloche. “Con Patán hemos tocado en bares para personas que tal vez no nos hayan ni escuchado. Todas esas experiencias sirvieron para que no se sienta tanto el paso a un escenario más grande o a tocar para otro público distinto”, cuenta Baltasar. Tal vez la cúspide del reconocimiento lo haya alcanzado en sus trabajos con Luis Alberto Spinetta –participó de la gira presentación de Para los Árboles y grabó algunas guitarras en Un mañana- o como el integrante virtuoso de la banda de Solari, pero la realidad es que Comotto ya transitaba el circuito under hacia ya algunos años tocando con músicos de renombre como Javier y Walter Malosetti,  Luis Salinas, Claudio Cardone o Guillermo Vadalá .
“Un milagro nos conecta en las calles de cemento”
Al mejor estilo de Animals de Pink Floyd, un plano general de un refugio militar estadounidense ilustra la tapa del disco. El arte interior muestra a un Comotto futurista, un carnicero toxicológico salido directamente de Blade Runner.  “Buscábamos –junto a Theo- una estética de ciencia ficción y creíamos que cerraba perfecto con la temática del disco. En esa base militar, donde supuestamente había gente y estaban esperando el bombazo, también se sentían de alguna manera blindados”, explica Baltasar.
Letras como “Buenos Aires” o “Lugano” quieren mostrar paisajes urbanos, desolados, desde una óptica austera, también relacionados con el concepto madre: “En Lugano pasan cosas extremas y creo que la gente de cierta forma se encuentra blindada a ciertas cosas sociales ajenas a ese barrio”.  En cambio, otras como Mate, ¿Quién sos? o Rompe el Cristal reflejan situaciones porteñas cotidianas mezcladas con un toque de locura made in Comotto que bien podrían pertenecer a otros lugares del mundo.

Ya es tiempo de que los músicos se preparen para salir al escenario. Emprendemos el camino de vuelta hacia el hall de las catacumbas para hacer las fotos formales y aparece la pequeña baterista Silvana Colagiovanni –al lado del guitarrista,  inclusive, Michael Jordan podría parecer un gremlin- que logra presentarse e interceptar un tímido Hola antes de refugiarse unos últimos minutos en su camarín. Baltasar es tosco para moverse, pero extrañamente arriba del escenario se desliza con movimientos sutiles de serpiente como cuando interpreta Milestone, su homenaje funk en clave de hip hop hacia el trompetista Miles Davis. “Estebán (Tereschuk ) debe estar haciendo sus rituales o tomando algo en el bar”, comenta al pasar el guitarrista acerca de la ubicación del bajista de su nueva banda.
A diferencia de Los Dragones Albinos –la dupla rítmica compuesta por Johnny Monty y Ramiro Naguil grabó el disco- , Colagiovanni y Tereschuck llegaron recién para interpretar las canciones en vivo. El trío ya tiene diez shows encima, y Comotto cuenta que “el cambio se dio naturalmente porque ellos los fueron reemplazando gradualmente. No se sintió abruptamente el cambio”.
                De la misma manera que comienza el disco, Baltasar abre el telón del escenario con Mundo Cabeza y se verifica todo lo que nos había contado minutos atrás. La banda suena sucia pero cancionera, por momentos violenta pero en otros dulce e hipnótica; revive los mejores momentos de los noventa y en un show que va a durar poco más de una hora les va a volar la peluca a todos. Ésta noche va a ser sólo un eslabón más en la multifacética carrera del guitarrista. “No siento realmente la diferencia de tocar con un trío o en la banda del Indio enfrente de sesenta mil personas”, nos confiaba un rato antes.  Hoy primeriza su proyecto, mañana quién sabe. Por el momento, su persona es pura sorpresa; será cuestión de esperar otros cuatro años y ver hacia qué rumbo musical explota su sonido. 

Utopians: La utopía de vivir de lo que uno ama



             En vistas a la salida de su tercer disco –con nombre aún sin confirmar-, El Bondi tuvo una charla con Los Utopians en la que recordaron sus comienzos anárquicos, adelantaron los detalles de su nueva producción y dejaron en claro que América Látina está en un momento ideal para hacer música.

         Es el invierno del 2001; mientras el país padece las estrictas medidas de ajuste del segundo año del gobierno de Fernando de la Rúa, Larry Fus y Barbie Recanati hacen sus primeros pasos en la música, lo que incluyen idas y venidas de algunos miembros fugaces que duran algunos meses y hasta sus primeros shows colmados de compañeritos y profesores de secundario. Todo es demasiado bueno para ser cierto, por lo que coinciden en llamar –irónicamente- esta efímera agrupación Utopy, pensando equivocadamente que significa Utopía en inglés.
         En los once años que los separan de aquella experiencia, ellos dejaron y retomaron para luego terminar la escuela; se afianzaron  en sus instrumentos –ella la guitarra y la voz, y él la batería-; consolidaron la formación junto a Gustavo Fiocchi y Mario Romero, lanzaron dos discos –Freak e Inhuman- y tienen planeado lanzar el tercero para mediados de mayo; abrieron para The Cult y los nuevos Guns N’ Roses y también cambiaron el nombre: Los Utopians, eligieron, porque se consideran un grupo de cuatro personas que viven una utopía, un sueño con el que se desvelaron desde chicos.

Por más que lo intenten disimular, su relación funciona como la de una pareja que convivió durante toda una vida. “La primera vez que nos juntamos fue cuando Barbie nos llevó a mí y a otro compañero a su casa para hacer una versión en español de Sunday Bloody Sunday ”, recuerda Larry, sentado junto a sus tres compañeros de banda en la mesa de un restaurant de panqueques en Villa Crespo. Ella no parece estar muy convencida y lo niega inmediatamente sin mucho convencimiento, como de pura contrera. Es cuestión de segundos para que ella lo pensara mejor, y se rectificara con vehemencia: “¡No te lo puedo creer, no me acordaba de eso!”; él sonríe con el placer de la victoria.
         Enseguida llega el mozo, que tiene toda la apariencia de ser extranjero: no tarda mucho tiempo en abrir la boca para confirmarlo. Todos piden gaseosas, salvo Barbie que quiere un jugo de naranja exprimido.  La banda eligió sentarse en el fondo del lugar, en una mesa amplia donde Barbie acapara el centro, enfrentada a Larry, mientras que Gus y Mario ocupan los costados como si fueran dos panelistas que de vez en cuando tienen el permiso de palabra.  Es un martes de verano, aunque el viento que corre afuera es más propio de una tarde de otoño.
         Los únicos que se tomaron en serio ese primer esbozo de banda fueron Larry y Barbie, que desde esa tarde quedaron pegados musicalmente.  “Nosotros hacíamos la música que podíamos hacer a esa edad”, cuenta Barbie. Ellos soñaban a sus trece años con las guitarras intrínsecas de Jimmy Page, o el ritmo frenético de John Bonham pero tenían claro que lo que podían hacer eran canciones como las de U2, The Talking Heads, The Cure y The Ramones.

El primer show se programó antes de que existiera la banda. Cuando Barbie tenía trece años vivía en pleno corazón de Palermo, en la zona de Niceto y Carranza;  fiel a su naturaleza –verborrágica y lanzada desde chica- se acercó hasta el bar de la esquina de su casa para hablar con el dueño. “Ya tenemos la fecha”, le dijo a Larry, su fiel compañero desde aquel entonces. Los dos, en puertas de su adolescencia, tuvieron que salir por el barrio a pegar afiches para encontrar los integrantes que completarían esa primera formación. 

“Tuvimos tres ensayos en los que en ninguno estuvimos todos juntos: en uno faltó la cantante, porque yo todavía no cantaba, y a la otra semana el guitarrista”, lamenta Barbie. Para ese show, prepararon un set lleno de versiones de las bandas que escuchaban en ese momento, por lo que no tuvieron mucho de qué preocuparse, aunque Larry admite que “fue pésimo; no pudimos haber sonado peor”.

         Después de esa iniciación tuvieron algunos shows más en los que su rendimiento no había mejorado mucho. Los dos amigos, melómanos desde aquella época, se pasaban los días en una vieja disquería de Cabildo en la que, de cierta manera, trabajaban: el dueño les daba los discos que no se vendían y si limpiaban los vinilos, les regalaban algunas revistas. Un trabajo ínfimo comparado a la cantidad exagerada de música que conocerían en aquel lugar.
         Pasaron algunos años, y ellos maduraron: llegaron al momento en que tenían que decidir qué harían de sus vidas; al parecer, la ecuación fue más fácil de lo que pensaban. “Si lo único que pensábamos era en música, de lo único que hablábamos era de música, trabajábamos en una disquería a cambio de cosas relacionadas a la música, el destino estaba claro: teníamos que terminar tocando música”, se ufana Barbie, feliz de haber tomado la decisión correcta.

         Mario Romero es la antípodas de sus compañeros. Es callado, tranquilo y opina sobre un tema sólo cuando se lo piden. Tal vez esto resalta más con el gigantismo que imponen altura y su físico, trabajado en gimnasio y deportes varios. “Está para cuidarnos a todos, es nuestro (Arnold) Schwarzenegger”, calificó la voz de la banda hace un tiempo. Además de ser (o aparentar) un guardaespaldas, es el bajista desde hace 8 años.
         Su comienzo fue casi por accidente. Cuando el bajista de aquel entonces decidió ocupar el lugar de guitarrista, le sugirió a su amigo Mario que intentara con las cuatro cuerdas. Él no lo pensó demasiado y se sumó a la banda, justo para cuando empezaban a hacer composiciones propias y a vislumbrar un futuro con la música. “Cuando terminé la escuela intenté con carreras relacionadas a la informática, pero no había caso: mi norte era seguir hasta el fondo con el proyecto”, asegura.

Para Gustavo Fiocchi, para variar, no había otra opción más que vivir de la música. Al terminar la escuela, intentó la carrera de ingeniero en grabación de sonido. No hubo suerte: cursó un cuatrimestre y volvió a su casa, agarró la guía telefónica y llamó al primer profesor de guitarra que encontró.
La conoció a Barbie en la disquería en la que ella trabajaba en ese tiempo. De tema en tema, los dos descubrieron que eran músicos y que tenían dos proyectos con futuro. “Vos y yo vamos a terminar tocando juntos”, le prometió él. La fue a ver en vivo y quedó alucinado con el sonido y las canciones de la banda, que por ese entonces contaban con todos los integrantes de ahora, salvo el guitarrista. La promesa se cumplió, y al poco tiempo pasó a estar arriba del escenario.
         Él es parco, serio, el más grande (31 años) y, tal vez, el más maduro de los cuatro. Está sentado a la izquierda de Barbie, y sólo tira comentarios irónicos cuando –a diferencia de Mario- no se lo solicita. Al momento de hablar del rock chabón que surgió en Argentina para mediados de los 90, él exorciza una canción de Los Ratones Paranoícos: “Caroooliiinnnaaaa”. Todo atisbo payasesco tiembla cuando sobrevuela en la mesa el nombre de Ricardo Mollo, guitarrista y voz de Divididos.
                Lo conoció en un sótano de una casa de música de Talcahuano, de la que Ricardo es un cliente habitual. “La gente del local me invitó porque al otro día él iba a probar unos equipos”, rememora con los ojos iluminados de un nene de cinco años. Los dos pegaron buena onda y quedaron para verse otro día; “yo pensaba que era una de esas promesas que nunca se cumplen”.
         Al día siguiente, en medio de un recital de The Flaming Lips en el que Gustavo estaba con Barbie, el teléfono de él se quedó sin batería. “Estaba desesperado, la estaba pasando mal y quería irse ya porque sabía que lo podía llamar en cualquier momento”, relata ella. Cuando por fin pudo prender su celular, vio el mensaje esperado de Ricardo que decía ‘Gus, ¿Te querés venir mañana a la quinta (La Calandría) a probar unos equipos?’. El sueño del pibe cumplido; ahora, a triunfar en primera.
        
        
La formación estable de la banda tiene ya siete años, en los que editó dos discos –Inhuman y Freak- (y que presentaron en Europa, entre otros lugares) con muy buena recepción por parte de la crítica “especializada”  pero no así en calidad sonora. En estos días, están ultimando los detalles del que completará la trilogía –“con el sonido que se merece”, coinciden los cuatro- , que será lanzado para mediados de abril (ver recuadro).
         Al hablar de lo que los llevó a tocar juntos, Barbie cierra la boca y piensa más en las palabras, en lo qué quiere expresar. “A nosotros nos unió una política: no tenemos un plan B ante la vida, somos pura y exclusivamente dedicados a la música”, resalta y abre el pecho como si fuera el Capitán América.
         Ella también es impulsiva; impulsiva para irse sola a Europa, sin ningún contacto ni fecha programada, a presentar y difundir la banda. Conoce el mundo, y de ninguna manera es una persona “nacionalista” –desde el vamos, la banda se considera un grupo de personas apolítico-, pero cree que Argentina, como América Látina, es un país ideal para crear y hacer música.
         “Sería muy bobo hacer música en un lugar donde no haya una problemática social, donde todo estuviera perfecto: no me veo en Suiza haciendo rock”, dice Barbie. Ellos cuatro se hacen ver como chicos duros que trabajaron toda su vida para conseguir lo que tienen ahora. “Si querés ir a Londres a laburar, está barbaro. Si vas a viajar doce mil kilómetros a otro continente sólo para hacer música me parece que estás equivocado: éste es lugar perfecto”.

         Los chicos crecieron. Barbie y Larry siguen haciendo lo mismo que hacían a los trece años, pero con dos amiguitos nuevos. Ya no tocan frente a sus compañeros y profesores del secundario; ahora lo hacen en los grandes estadio frente a miles y miles de personas, donde, entre otros, tocaron sus ídolos de U2. Si ésta no es la utopía, ¿La utopía dónde está?

Superlasciva: Canciones pasadas por agua



Los correntinos lanzaron su cuarto disco “Torrencial” y cuentan cómo fue el proceso, en qué se inspiraron para componerlo y las disyuntivas de ser una banda under.

“¡Superlativo!”, grita un muchacho exaltado después del final de cada canción de la noche. Ni por cargoso ni entusiasta, el muchacho hace recordar a  Bart Simpson sin el chillón color amarillo. La banda tomó el elogio, lo modificó y lo usó a su favor. A diez años de su nacimiento, los correntinos fundaron y evolucionaron un sonido que hoy presentan en su cuarto disco “Torrencial” en la demencia de Capital Federal. Ellos son Superlasciva.

En la casa del guitarrista Manuel Farizano se respira un aire de intelectualidad. Vive en un edificio viejo, ubicado en el barrio de Almagro, y para llegar a su departamento hay que cruzar un zaguán como los retratados por Borges en su bibliografía. Hay libreros, luces tenues y un gran ventanal que muestra la vista interna de los inquilinos, en el marco de una de las últimas noches de calor agobiante que otorga el otoño.

Falta casi un mes, pero acaban de terminar uno de los ensayos donde empiezan a moldear lo que será la presentación del disco en Niceto Club el 12 de mayo. La sala está equipada con todos sus instrumentos recién enfundados, un iMac de 27’ y varias consolas donde el guitarrista también hace trabajos para sus aliados musicales. “Acá Bicicletas hizo los demos del último disco”, se yergue orgulloso el tocayo del hombre de las seis cuerdas y manager ambas bandas. 

En el sillón, junto a la lámpara y el equipo de música, están sentados el bajista Agustín Macías; Fernando Mansilla, el tecladista y el cantante Roberto Decotto. Los tres charlan amenamente hasta que llega Manuel y se presenta, para luego sentarse también. Leonardo Álvarez, el baterista, acaba de irse a su casa. “Así son, ¿Viste? Terminan de hacer lo suyo y huyen despavoridos”, bromea alguien alrededor de la mesa. Un gato de seis meses que no se cansa de refunfuñar se despereza sobre las piernas cruzadas del guitarrista, mientras lo acaricia.

-¿Cómo creen que cambió el sonido desde “Seducciones violentas” hasta “Torrencial”?
Manuel: -Me parece que hay un crecimiento natural del grupo y de la búsqueda músical. Para este disco se laburó mucho. Ponele que todas las canciones estaban terminadas para finales de 2009, salvo dos. Y las empezamos a laburar en  2010, al mismo tiempo que inauguramos nuestro estudio.

-¿Cómo fue el proceso de grabación?
Roberto: -Se grabó en vivo en Ion. Cuando entró Leo a tocar la batería, justo se fue el otro guitarrista –Hugo Rossi - , y el otro batero –Federico Estévez-, y entra un tecladista por lo que cambió radicalmente el sonido.  Además yo agarré devuelta la guitarra acústica –la había dejado de tocar en Seducciones-, la de acompañante. Ahí empezamos a buscar un productor con el fin de tocar en vivo. Habíamos laburado dos discos con Manza Esaín, y era una de los posibles porque nos encanta su laburo, pero finalmente nos sentamos a hablar y decidimos que nos vendría bien probar otro sonido y dijimos: "Bueno,  busquemos uno que haya grabado discos clásicos de nuestro país”.

¿A quién apuntaban?
Manuel: -Y primero nos entrevistamos con “Tweety” González pero no nos convenció o nos pasó un presupuesto que tampoco nos cerró. Después tuvimos la primera entrevista con Mario Brauer, quien nos dejó con la mejor de las impresiones. Él es un tipo súper humilde que además es capo en todo lo que hace, pero (como si esto fuera poco) te trata como a un igual. Y que además te hace cagar de risa en cada de risa en cada momento que puede.
Como en nuestro estudio se puede grabar todo en vivo también, grabábamos y después yo me quedaba escuchando todo. Cuestión que después de 3 o 4 ensayos, yo le llevaba una grabación a Mario para que vea qué le parecía e ir afilando todo. Antes de arrancar un ensayo escuchábamos las partes y por ahí nos fijábamos qué estaba bien y qué no.

Fernando: - Es importante apuntar que lo grabamos con la plata que salió de los shows, así que en ese sentido podemos decir que nos dimos un gran gusto.

¿Puede ser que el disco esté dividido en dos partes?
Fernando: -Sí, sí, hace un descanso en “El pensamiento”
Roberto: -Yo creo que los primeros 6 temas tienen como algo del sonido nuevo que incorporamos mientras que de ahí en adelante hay como un regreso a las cosas viejas que veníamos haciendo.
Fernando:- Pero ponele, en “El pensamiento” hace una inflexión y se re nota eso.
Manuel: Eso se me ocurrió al hacer las mezclas. Terminaba “El pensamiento”, y dije: ‘Este tema es final de un disco o es final de un lado A” y ahí empieza a surgir la idea y se empiezan a acomodar los temas para que se acomode todo.

-¿Fue a modo de disco conceptual?
Manuel: -No tanto en lo lírico pero sí en lo musical. Todo el disco tiene un ambiente característico por lo que concordamos en crear una concepción sonora.

-¿Y desde lo lírico?
Manuel: -No me animaría a decirlo. Es muy difícil componer 12 canciones que sigan un mismo concepto. Sí te podría decir que muchas de ellas vienen desde un mismo lado por la inspiración pero decir que todas abarcan un mismo concepto sería erróneo.

-“Mi derrota invicta”, además de ser la canción que podría definir el sonido de esta nueva étapa, tiene olor a corte de difusión. ¿Cómo lo compusieron?
Manuel: -Es el inicio de una relación mientras que “Bien por Ti” es la étapa de esa misma relación. Muchas letras están inspiradas en una relación que tuve yo con una chica que fue tapa del disco anterior. Entonces entre todas esas hay una hermandad. Por ahí que en “Los vertiginosos” cierro la idea de lo que es una pareja turbulenta. Uno para componer usa todo lo que puede.  Por ejemplo: leer me dispara muchas ideas a mí.
                                                  
¿Algún libro en especial?
Manuel: -Anduve leyendo mucho Octavio Paz, un poeta increíble. “Libertad bajo palabra” lo tuve muy en cuenta. Justamente con esta ex pareja lo leíamos todo el tiempo.

            El gato se cansa de escuchar las cinco voces y comienza un viaje por el departamento. Salta de un mueble a otro, hace un descanso en una mesada y emprende el desafío final: la sala de ensayo. Marca la pauta de que es hora de terminar la entrevista y empezar las fotos. Todos se acomodan frente a la fotógrafa y el felino busca desesperado: el platillo de la batería es el mejor lugar para el primer plano.
            Lejos de quedarse satisfechos, los cuatro hombres de la foto, continúan evolucionando, creciendo con su música. Finalmente, el adjetivo máximo que les acestó ese muchacho diez años atrás no les quedó corto. El quinteto está en su mejor momento y con todo un futuro prometedor por delante.

*Publicada en Revista El Bondi número seis